La aviación vista por un aviador

MIEDOS Y PASAJEROS


Muy buenas tardes señores pasajeros, hay días que son realmente especiales y mágicos.

Hoy les escribo desde la butaca 3D en un A321Neo. Todo un gran avión de tamaño medio que sobrevolando el Atlántico nos lleva en dirección a Madrid. Al entrar en el avión he notado cómo una pasajera que estaba sentada delante de mí, miraba fijamente hacia afuera e intercambiaba miradas conmigo tímidamente. Sus ojos tras la mascarilla buscaban complicidad con los míos, pero desde su primera mirada he notado un brillo de ansiedad, de temor.

Según íbamos hacia la cabecera de la pista de despegue, observaba como su lenguaje corporal era cada vez más  intenso y más repetitivo. ¡No cabía en su asiento!. Y en un momento dado me ha preguntado si no me importaría que se sentara a mi lado. Yo le he dicho que no, y la azafata que desde el trasportín era testigo de esto, le ha dado el visto bueno para que se quitara el cinturón y cambiara de asiento en un momento en que estábamos parados mientras despegaba otro avión.

Me ha confesado rápidamente que tiene mucho miedo al despegue, y mientras hablábamos y yo la intentaba calmar y distraer ha sonado la llamada de “Entrando en pista para el Despegue”.

Se ha hundido en la butaca, ha escondido su cara en su pecho y tras su pelo,  y me agarraba la mano fuertemente. He sentido el pánico en su mano, el cómo temblaba en silencio, sabiendo que tanto la azafata como yo lo estábamos pasando mal por ella, pero sin poder controlar su miedo.

Han sido unos minutos muy intensos hasta que se han apagado las luces de los cinturones y de repente se ha incorporado, me ha soltado la mano y ha empezado a pedir disculpas mientras su cara y su cuerpo se han relajado. Un cambio radical. Los que la rodeamos en esta zona del avión, la hemos empezado a dar charla y a empatizar con ella, y casualmente un señor que está sentado delante de nosotros es conocido de ella de la infancia y hace mas de 34 años que no se veían.

El resto del vuelo por ahora se ha convertido en una conversación entre viejos amigos y puesta al día de sus vidas.

Mientras escribo, recuerdo nuestro último vuelo de hace unos días cuando regresábamos desde Bogotá. Recuerdo que les avisé sobre la posible zona de turbulencias que íbamos a cruzar desde el despegue hasta casi la zona de San Juan de Puerto Rico, por toda la actividad atmosférica sobre los Andes y el Frente Intertropical, y ya más tarde ya llegando a la Península Ibérica por un fuerte frente frio que venía desde las islas británicas.

En Bogotá hicimos muchos cálculos para poder optimizar el despegue de forma que pudiéramos llevarnos a todos ustedes, su equipaje y la mayor cantidad de carga posible en nuestro vuelo. Dado que El Dorado está muy alto sobre el nivel del mar y rodeado de altas montañas, nuestra operación allí es bastante crítica, no solo por la potencia que los motores tienen (que es finita ) sino también porque al contemplar el escenario de una posible parada de motor en despegue, la capacidad de ascenso del avión se ve mermada, y encima la orografía del terreno es bastante compleja.

Así que hicimos muchos cálculos para definir finalmente la cantidad de carga que íbamos a aceptar al vuelo, teniendo en cuenta que el peso máximo al despegue estaba limitado por la altitud de la pista, el viento reinante y la temperatura. Una vez tuvimos ese dato cerramos puertas y nos fuimos tranquilamente hacia la pista de despegue para comenzar nuestro “breve” vuelo de 8:40 horas hasta Madrid.

Recuerdo cómo durante esas primeras casi dos horas y media, no pudimos quitar la luz de cinturones, ya que a pesar de todos nuestros intentos , la atmósfera estaba muy revuelta y casi sin nubes, pero el viento lo teníamos cruzado y cambiante constantemente de casi todos los rumbos lo que implicaba un continuo traqueteo que era incómodo a veces hasta para nosotros.

Ahora, y tras el episodio de hace un rato con esta compañera de vuelo, puedo imaginar lo que ustedes sienten a veces cuando no podemos evitar las turbulencias. Quiero confesarles que siempre está en nuestro ánimo la búsqueda de la “carretera” más suave para ustedes y sus viajes, pero desgraciadamente no siempre nos es posible subirnos en la lisa del todo.

Tal como ahora, continuamos hacia Madrid sobre el ancho océano bajo una leve luz de Luna que nos dejaba ver las pocas nubes que había allá abajo. El viento nos era realmente favorable y nos empujaba con fuerza hacia nuestro destino. Recuerdo que al irme a descansar y hacer el relevo con el otro compañero, les recordé, entre otras cosas, que siguieran por aquella carretera evitando tener que volver a encender los cinturones y así cuidar de su descanso.


Lo cierto es que no noté turbulencias en mi tiempo de descanso y al regresar a la cabina me dijeron que no se había movido y que hasta llegar a la costa de Oporto no debería haber nada más. Comenzaba la fina línea del amanecer a pintarse en el horizonte por la ventana del copiloto cuando estábamos a unas 2 horas de Madrid, así que aproveché para tomarme un café y desayunar algo ligero.

Siempre me llama la atención la capacidad que el café y la luz del amanecer tienen para animar todas mis hormonas en las madrugadas éstas previas a un aterrizaje. Me tome el zumo de naranja y me di una vuelta por el avión. Casi todos ustedes estaban dormidos. 

He aprendido que, precisamente, algunos de ustedes que no duermen, son los que peor lo pasan a bordo, así que intenté ver sus caras, para poder transmitirles calma y paz, aunque es algo complicado hacerlo abordo y en esas circunstancias. Llegué al final del avión saludé a los compañeros y me volví a la cabina. Todo iba bien y sin problemas.

Llevábamos bastantes pasajeros en sillas de ruedas y estaban tranquilos y cómodos dentro de las posibilidades que el avión ofrece. Un bebé que había estado incomodo por dolor de oídos finalmente se había dormido y sus padres y vecinos de asientos también. Una compañera me preguntaba a qué hora llegaríamos ya que al llegar se iba en otro vuelo a su casa y quería saber de nuestra puntualidad. Conversaciones de avión, breves y escuetas pero claras y sin muchas bromas, especialmente a esas horas.

Ya de regreso en cabina, el Sol obligaba a ponerse las gafas oscuras y comenzamos a preparar la aproximación y posterior aterrizaje. Uno de los datos que más me interesaba es el tiempo, ya que ese frente es muy potente y entraba por el Cantábrico revolviéndolo todo, y lo que menos quería para ustedes eran más meneos. Subimos a nivel de vuelo 410 para dejar todo eso por debajo, y aunque Lisboa nos pidió que bajásemos en un momento dado, solicitamos mantenernos allí arriba el mayor tiempo posible. Nos autorizaron un ratito más, hasta que ya fuimos nosotros los que solicitamos descender.

Hablé con la tripulación auxiliar para que lo tuvieran todo recogido antes de que empezase la marejada, e igualmente con todos ustedes para avisarles de la posibilidad de turbulencia y despedirme como hago siempre dándoles las gracias y una grata bienvenida a España.



Preparamos todo, hicimos los cálculos de frenada y combustible por si teníamos  que irnos a Valencia, obtuvimos  los últimos tiempos de los aeropuertos que nos interesaban y afectaban dando un briefing compartido entre los tres. Comenzamos el descenso…

Nos recortaron la maniobra dirigiéndonos directos a Ávila y después un rumbo para interceptar el rumbo final de la pista. Aceleramos el régimen de descenso y llegamos al localizador de la pista.

Habíamos cruzado muchos niveles de vuelo desde que estábamos a 410, y en verdad que no se movió nada, tuvimos mucha suerte y por ahora tan solo al acercarnos al suelo y por la orografía del terreno, es que se movió un poquito. El viento era fuerte, de la derecha pero no racheado y estaba constante. Hacía frío comparado con Bogotá, tan solo 5 grados, pero hacía un Sol espléndido sobre el aeropuerto.

Continué con la aproximación y a unas 8 millas desconecté el piloto automático, ya tenía ganas de volar. Además daba la casualidad de que mis compañeros y yo nos conocemos desde hace años y el aterrizaje en Bogotá aunque bueno, no fue uno de los que nos dejan sin habla a nosotros, así comenzó una sana broma durante todo el tiempo para ver si en Madrid ( que me tocaría a mi ) salía un aterrizaje mejor.

Seguí sintiendo el avión, me concentre en las inercias, deje que el viento llevara el avión como una veleta hacia su dirección, pero controlando la trayectoria del vuelo hacia la pista, hacia donde yo quería. La velocidad en su lugar, con pequeñas variaciones de más menos 3-4 nudos y le senda de planeo clavada en su sitio.

Mil pies, y todo estabilizado y controlado. Leídas las listas, solo se oye por los auriculares la voz de la controladora autorizándonos a aterrizar. Luces y mi lista : patas y chapas…Todo preparado.

Five hundred!

One hundred above!

Miminum!

Digo : Continue!

50-40-30…

Re…Corto los gases

Lo dejo que entre de lado, es muy poca la deriva a pesar de los 20 nudos cruzados.
Le tiro un poco, le cedo…. Vuela …

Bajo levemente el ala derecha y noto cómo empieza a rozar la rueda, entonces ya meto el pie izquierdo para ayudar a enderezarlo en el centro de la pista.

Toca tierra todo el tren de aterrizaje, y espero 1 segundo para que el Boogie se afiance y entonces..

Monto la reversa, salen los spoilers y dejo caer suavemente la rueda de morro. La frenada automática ya está actuando para dejarnos casi parados cerca de L2, como habíamos preparado.

Mi compañera de viaje hoy esta tranquilamente viendo una serie en su IPad, completamente relajada y así es como yo quiero que viajen siempre ustedes con nosotros.

Una vez más, y como siempre , muchas gracias por volar con nosotros

…. usando sus alas.

Hasta nuestro próximo vuelo

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7 respuestas a «MIEDOS Y PASAJEROS»

  1. Los miedos son algo horrible y muchas veces por lo irracionales que son resultan aún más frustrantes de sobrellevar. A mi volar me encanta, pero me pongo enfermo ya horas antes si me tienen que sacar sangre, mientras vacunas o incluso pinchazos del dentista, me dejan indiferente. Es una batalla constante del cerebro racional contra el reptiliano que cree que está ante el peor de los ataques. Al menos esa chica lo pasó mal, pero no cayó en el más horrible de los errores: La evitación. Conozco gente que no ha viajado en décadas fuera de España por no coger un avión.

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    1. Yo también conozco casos de esos. Gracias por sus palabras!

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  2. Espero que le haya dicho a la pasajera que era usted Superlopez, el aviador!!!.

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    1. Jajaja… No creo no . Gracias

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  3. Que maravilloso relato, lo felicito de verdad capitán, casi no vuelo , pero el día que lo haga quisiera que usted fuera el piloto principal de la aeronave.
    Mi más gentil admiración, reciba un abrazo. Saludos desde México

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