Muy buenas noches, damas y caballeros,
Manteniendo 39 mil pies en dirección a La Rioja, el avión no se mueve nada y, como la noche está tan oscura, pareciera que no avanzamos en absoluto y estamos estáticos en el aire. Pero los instrumentos nos dicen que vamos a casi 900 kms hora sobre las estribaciones de los Andes Argentinos y que en breve comenzaremos el descenso hacia Santiago.

Llevamos unas 12 horas y media de vuelo y al llegar habremos estado metidos en el avión unas 14 horas en total. Está siendo un vuelo muy tranquilo, la ruta hoy nos llevaba bastante más hacia el centro del Atlántico para entrar en Brasil por San Luis y de allí seguir hacia Paraguay y Tucumán para llegar hasta aquí.
En otras ocasiones la ruta nos lleva casi en línea recta hacia Pernambuco, en Brasil, y nos hace bajar casi por la costa para más tarde cruzar hacia los Andes a la altura de Curitiba o Uruguay incluso. Estos cambios de ruta son provocados por los cambios en las condiciones meteorológicas. A veces el cruce del Frente Intertropical es complejo y por ello hacemos rutas tan variadas.

Es en estos vuelos tan largos que vamos una tripulación doblada. Esto es que aunque solo uno de los pilotos actúa y tiene las responsabilidades de comandante, en el avión vamos 4 pilotos de los cuales dos son copilotos y dos son comandantes. En las fases de despegue y aterrizaje vamos los 4 en cabina siendo una pareja la titular de un vuelo y la otra pareja hacen de relevo en vuelo, para en el vuelo de regreso intercambiar los papeles.

La idea es que siempre estén a los mandos una pareja de pilotos descansados y frescos para mantener los niveles más altos de seguridad. No se escatima en ello. Estos vuelos son un poco diferentes a los demás para mí, y me imagino que para mis compañeros comandantes también.
Independientemente de la pericia aeronáutica, los conocimientos y los criterios de buen piloto, que a todos se nos presupone y se nos fiscaliza regularmente, hay algo que no es de volar sino de personalidad y de estilo. Me refiero al cómo se transmiten ciertas cosas como el liderazgo, la autoridad y el respeto. Me explico.
El tándem que forman el sobrecargo y el comandante afecta al bienestar de toda la tripulación y es definitivo a la hora de solucionar cualquier problema que surja a lo largo de los días en que formamos una tripulación juntos. Y también son importantes marcadores a la hora de conseguir que nos reunamos todos para ir a cenar o hacer alguna excursión. Parece una tontería, pero una vez que nos quitamos los uniformes somos personas y si los “líderes” han creado un buen ambiente, eso se nota fuera del avión también.
Cuando vamos dos comandantes, es posible que suceda que mi forma de ser pueda chocar con la del otro comandante en el vuelo (y viceversa), entonces hay que tener un poco de mano izquierda para evitar herir posibles sensibilidades y buscar, haciendo las cosas de la manera más “estándar”, que todo salga bien.
Hoy voy con un compañero de promoción con quien tengo una complicidad muy buena y no tengo nada de lo que preocuparme. Mañana en el vuelo de regreso, él será el comandante y todo irá tan bien como hoy.
Atrás han quedado ya el aeropuerto de la Sal (una de las islas de Cabo Verde), Natal y Asunción. Cerca nuestro están Resistencia, Viru Viru y Córdoba que son los diferentes aeropuertos alternativos que llevamos hoy en la ruta por si acaso pasase algo. Todo va muy bien, y tan solo hemos de preocuparnos de cruzar los Andes y hacer una que aproximación que nos lleve a la pista 17 izquierda y de allí al parking C5 con total normalidad.
Normalidad, normalidad, es un decir, porque las 12 horas y pico que llevamos a bordo cruzándonos 10900 kms no es que sea muy “normal”, pero estamos acostumbrados a ello y es lo que más nos gusta hacer.

Me imagino que ustedes conocen de los láseres esos tan potentes que se usan para actividades profesionales diversas, pero que algunos desalmados usan para apuntar a los aviones. En concreto aquí en la aproximación de Chile, hay una población llamada San Felipe donde hay alguien que siempre que pasamos por aquí se dedica a jugar con su láser hacia los aviones. No tiene en cuenta el daño que los ojos de una persona puede llegar a hacer con las consecuencias que ello supone si esa persona está aterrizando un avión de 180 toneladas y 350 personas a bordo.
La oscuridad de los Andes manifiesta lo poco pobladas que están estas montañas en esta zona, pero allá en la lejanía ya empieza a vislumbrarse el brillo fuerte de las ciudades cercanas a Santiago. Estamos ya en descenso y el clima en cabina comienza a cambiar de una relajación en crucero, donde intercambiamos conversaciones de todo tipo, a una atmósfera más silenciosa en la que solo hablamos sobre aspectos de la aproximación, aterrizaje, salida de la pista y la posibilidad de tener que hacer una aproximación frustrada.
Incluso el lenguaje corporal cambia desde que nos ponemos todos los anclajes del asiento y lo colocamos en la posición óptima para aterrizar. Las manos sobre los mandos de control de vuelo, el micrófono cerca de la comisura de los labios y todos muy atentos a la radio y a la gestión de la energía del avión, las distancias al aterrizaje y la lectura de todas las listas de comprobación.

Flap en posición 2 y velocidad seleccionada a 180 nudos: es momento de desconectar el piloto automático. Hay un poco de viento en cola y como quiero desacelerar hasta 160 nudos, pido a mi compañero que saque el tren de aterrizaje. Este genera mucha resistencia y me ayuda a conseguir estar en la milla 4 a 160 nudos y mil y pocos pies sobre el terreno.
Flap 3 y pido la lista de aterrizaje. Todo está leído y estamos pendientes de que la torre nos autorice a aterrizar. Lo hacen a los pocos segundos ya que ha esperado a que otro avión abandonase la pista y ahí enciendo la última luz de aterrizaje.
Una mirada última de mi cosecha: “Patas y Chapas”. Estamos listos.
Aterrizaje suave tras 13 horas de vuelo y nos salimos a la derecha por B. Nuestro parking está al otro lado del aeropuerto en el C5, hoy no tardaremos nada en llegar al hotel ni salir del aeropuerto ya que son las 11 de la noche y está todo muy vacío.
Una vez más, he de agradecerles que nos hayan elegido para su vuelo a Santiago de Chile, bienvenidos y hasta nuestro próximo vuelo.


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