Muy buena noches, damas y caballeros. Hoy les escribo desde tierra, acabamos de parar los motores ya que no he podido en estas últimas 57 horas de actividad “laboral”, dedicarles el tiempo que se merecen como lectores en estos vuelos tan especiales nuestros.

En todo este tiempo mi cometido ha sido estar muy atento a todo lo nuevo vivido y visto en estos últimos dos vuelos. Manteniendo muy altas mis alertas, aprendiendo de mis compañeros y haciendo memorias de este: mi primer vuelo alrededor del planeta.
Todo comenzó el primer día en Madrid con el inicio del vuelo cuya trayectoria era completamente nueva para mí. Ir a Japón no era la novedad, pero sí el hacerlo evitando el espacio aéreo ruso de forma que nuestra trayectoria nos llevó a través de paisajes y países que nunca habían estado bajo mis alas: desde Madrid hacia Barcelona, Roma, Bosnia, Serbia, Bulgaria, para empezar.

Cruzando el Mar Negro entramos en Georgia, sobrevolamos la capital de Azerbaiyán, Baku, y entramos en el Mar Caspio. Excepto el principio de este vuelo todo es nuevo para mí. Los paisajes de cada región son diferentes, las montañas de Kazajistan desde donde entramos en China y cruzamos un buen trozo del desierto de Gobi hacia Pekín. Al agua de nuevo sobre el Mar Amarillo para atravesar Corea del Sur y entrar finalmente en Japón sobre Komatsu hacia la aproximación de Narita.
Si miramos los datos no es un vuelo tan largo al compararlo con el otro más largo que solemos hacer hacia y desde Chile. En esta ocasión volaremos 7087 millas mientras que Santiago son “solo” 5876 millas. Aún así el viento en cola de hoy nos da como tiempo de vuelo unas breves 13:41 horas a la ida pero que a la vuelta se convirtieron en 14:45 horas para 7440 millas. El vuelo a Chile no suele superar las 14 horas normalmente.

Parece algo obvio y hasta razonablemente normal, pero lo cierto es que no lo tenemos muy en cuenta en nuestro día a día. El aviador por su condición y a lo que se expone cada vez que vuela, tiene una noción del tiempo y las distancias muy diferentes al resto de los vecinos. Las distancias relativas varían según el tipo de población en la que vivamos. Recuerdo como cuando vivía en una isla cuando 20 minutos de coche era una gran distancia, pero al mudarme a la España continental, dos horas y media de coche es algo cómodo y aceptable.
Cuando miramos los horizontes mentales de los aviadores, movernos por Europa es todo de cercanías, cruzar el Atlántico ya es algo serio pero lo de estos últimos días, al menos para mí, es algo nuevo y extraordinario.

Las comunicaciones, a pesar de lo que podría pensarse, son muy buenas y efectivas. No hay acentos o problemas técnicos durante toda la travesía. En ningún momento nos hemos enfrentado al desastre en las comunicaciones que es Brasil, por ejemplo, sino al contrario, todo ha sido con VHF correcta y operativa donde incluso, a veces, teníamos CPDLC (una especie de mensajería entre pilotos y controladores vía satélite).

El vuelo de ida ha sido un vuelo excepcional por la distancia, los países y paisajes que hemos sobrevolado, aunque se nos hizo de noche cuando en España eran solo las 15, así que dejamos de disfrutar de las vistas hasta casi que llegábamos a Pekín, y también por los acentos y nombres de zonas de control por los que transitamos. En lineas generales ha sido un vuelo normal pero muy largo, eso sí.
Desde que salimos hemos estado en vuelo y con el uniforme puesto más horas que las que hemos disfrutado en tierras japonesas. Aún así ha merecido la pena y ahora les cuento el porqué.

En estas rotaciones de vuelos tan largos la tripulación la conformamos 4 pilotos, dos hacen de pareja “líder” en la ida y la otra pareja hace labores de refuerzo en crucero, mientras que en el vuelo de regreso se invierten los roles. A mí me tocó formar parte de la pareja que hizo la ida a Tokio, pero he disfrutado ambos vuelos todo lo que he podido.

El regreso es diferente ya que las corrientes de viento son más favorables volando hacia el este y la ruta no nos trae por el mismo camino que a la ida..
Aprovechando estos vientos, el aplastamiento de los polos de la Tierra y a pesar de ser una distancia mucho mayor, el tiempo de vuelo es lo suficientemente corto como para no necesitar hacer una parada en el camino para repostar. Aún así estamos hablando de magnitudes que se acercan mucho a los límites del A350.

Despegamos de Narita y ya en el ascenso comenzamos a volar hacia el Estrecho de Bering, dejando Alaska a nuestra derecha, seguimos hacia el norte de Canada que aunque todo está blanco y helado disfrutamos mucho de los contornos de las formaciones rocosas, de los cientos de islas que hay por allá arriba cuando, de repente, se hace de noche.

Seguimos hacia el norte de Groenlandia llegando hasta el paralelo 77, lo más alto que he estado nunca y ya por allí aparecieron las auroras boreales. ¿Qué puedo decirles que no sepan ya de ellas? Y este es el porqué del que les hablaba antes.

Todo el avión estaba mirando por las ventanillas disfrutando en el silencio de la noche de ese fenómeno hipnotizante que es el baile verdoso de esas luces en las capas altas de la atmósfera. Simplemente inaudito.

Aunque no hable de otra cosa más allá de lo que he vivido, sentido y visto a lo largo de estas últimas horas a bordo, quiero recordarles que todo esto ocurría mientras el piloto que hay en mí junto al gran equipo que somos la tripulación a bordo, seguía vigilando y controlando el bienestar de todos ustedes y la correcta ejecución de ambos vuelos.

Se nos hizo casi de día y partir de ahí pusimos rumbo a Groenlandia que estaba cubierta por nubes y nieve, tenía muchas ganas de ver esta nueva zona de la Tierra pero, desgraciadamente, solo pudimos ver pequeños trozos montañosos entre las nubes. Islandia sí que nos ofreció un espectáculo de valles, glaciares, ríos, pequeñas ciudades como Egilsstadir y otras que nos dejaron un buen sabor de boca y ganas de ver más (entre el volcán Eyjafjallajökull y esa ciudad me han demostrado que los nombres por allí son complejos).

Se nos hizo de día, pero fue un día raro porque el Sol no subió a la vertical del horizonte, sino que pasó del este al oeste muy bajito. Ya sobre Irlanda estaba poniéndose de forma que al entrar sobre Asturias ya era noche cerrada de camino a León y Madrid. Un día breve y frío.

En el mismo vuelo vimos anochecer dos veces y disfrutamos de un suave amanecer. Casi sin darnos cuenta estábamos ya en casa. Madrid estaba muy tormentoso con configuración sur y el compañero copiloto tuvo que trabajar bastante durante el aterrizaje ya que las rachas de viento del oeste y la lluvia no se lo pusieron fácil. Ahora ya estamos aquí mientras ustedes desembarcan y les escribo estas letras para dejar constancia de esta mi primera vuelta al mundo.
Una vez más, y como siempre muchas gracias por usar estas sus alas y espero volver a verles a bordo en nuestro próximo vuelo.


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