Una vez más aquí estamos de nuevo sobre el norte de Brasil de camino a Buenos Aires y en esta ocasión por sorpresa.
¿Qué ocurre cuando en un vuelo se pone enfermo un piloto? O ¿Qué pasa si existe algún problema en los previos a un despegue que retrasa la salida lo suficiente como para exceder los límites de actividad de vuelo de los tripulantes?
Ahora mismo son las 7 y media de la mañana en España y yo me acabo de sentar en cabina para hacerle el relevo al comandante de este vuelo que se va a descansar hasta una hora antes de llegar a Ezeiza.

Las aerolíneas tienen un número determinado de tripulantes por avión que varía según sea el tipo de flota o las necesidades comerciales de la empresa, y todo dentro de los límites que marca la legislación vigente en cada país sobre la actividad de horas de vuelo.
Con estas tripulaciones y los aviones disponibles realizan una programación de vuelos ajustada a la venta de billetes que hacen por periodos de tiempo medidos. Pero siempre dejan espacio para los imprevistos ya que los aviones se rompen, la meteorología es complicada a veces, y las personas causan baja por enfermedades. Todo el engranaje ha de seguir funcionando a pesar de estos inconvenientes incontrolados.

Las aerolíneas siempre tienen un grupo de tripulantes en espera para cubrir estas incidencias. Puede ser que por meteorología se elija cambiar el modelo de avión a un destino, que un tripulante tenga un accidente fuera del trabajo, que enferme en un destino y a veces, como hoy, puede que ocurra algo que retrase tanto la salida de un vuelo que ocasione la superación de los límites de horas fijados de actividad en vuelo.
Estos límites varían según ciertos parámetros. No es lo mismo el límite de horas para un vuelo con dos pilotos despegando de base y diurno, que una serie de vuelos en las mismas 24 horas que incluya cruce de husos horarios y vuelo nocturno. Todo esto está muy controlado y tabulado con el objetivo de mantener los márgenes de seguridad muy altos evitando la, tan temida, fatiga.
Anoche mi turno de “guardia” comenzaba a las 00:00 y me había preparado para ello tomando una siesta por la tarde y acostándome temprano con una maleta ya lista y el uniforme en la percha preparado para salir corriendo por si me necesitaban.
Efectivamente a las 00:38 recibí esa llamada cuando estaba ya dormido, era del servicio de control permanente de la compañía diciéndome que este A350 con destino a Buenos Aires, tras la puesta en marcha, dio un fallo de mandos de vuelo y regresaron al parking. Una vez allí, el personal de mantenimiento atendió la falla pero la tripulación se pasaba de los límites de actividad al llegar destino.

La manera de solucionar esto es o cambiando a una tripulación entera de 3 pilotos frescos, o añadiendo a un cuarto piloto con lo cual los limites aumentan y el retraso para ustedes es siempre mucho más breve. Así que me llamaron y salí corriendo: ducha, uniforme y en una hora aproximadamente estaba ya sentado en la cabina, listos los 4 para salir hacia destino.
Parece un proceso lógico y que no tiene mayores consecuencias que las de arreglar una situación de retraso para el vuelo, pero lo cierto es que para los tripulantes que recibimos esas llamadas es desconcertante el tiempo de espera porque no sabemos nada y estamos abiertos a salir corriendo para hacer un vuelo largo como este a un lugar cálido, un vuelo corto por Europa o incluso salir para hacer un vuelo de prueba de un avión tras una reparación.
El tiempo de espera, como decía, es de una inquietud y un desconcierto importante porque tenemos que estar listos y cerca del aeropuerto por si acaso, pero es que una vez en vuelo, en algún momento, nuestra mente se para y nos pregunta ¿cómo hemos llegado hasta aquí si hace tan solo un rato estaba en la cama tranquilamente? Nuestro cerebro se pone en modo avión y todas nuestras acciones están orientadas en salir lo antes posible y manteniendo la seguridad como meta; no hay tiempo de mucho más durante esos momentos.

Pero ahora que ya pasó todo y estamos aquí sobre la costa de San Luis de Maranhao, a 38 mil pies sobre el agua mientras amanece por la ventanilla izquierda y comenzamos a ver las suaves curvas de los cúmulos a nuestro alrededor, tengo un momento para disfrutar de volar. El viento en popa nos infla las velas y nos lleva rápido allá adonde siempre he soñado estar.
Sobran las palabras ahora mismo, tan solo dar las gracias a esa llamada de teléfono de hace unas horas.

Una vez más muchas gracias por elegir estas sus alas, siempre es un placer y un honor acompañarles a bordo. Espero volver a verles de nuevo en su próximo vuelo.


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